Si alguien no cree en la existencia de los túneles del tiempo, no tiene más que viajar al altiplano boliviano para darse cuenta de que no tiene razón. Pasear por las calles de la capital del estado, Sucre, nos transporta en apenas unas horas de vuelo al siglo XVIII, si no fuese por los coches viejos y gastados que surcan sus calles. En el altiplano es raro ver a un blanco caminando por la calle. Y si lo hace, con bastante probabilidad el indígena que se le cruce se bajará la acera para dejarle pasar. Los blancos sólo van en sus “movilidades” o coches todo- terreno y apenas se dejan ver, salvo si entras en los pocos restaurantes de un cierto pedigrí que ofrece la ciudad.
Bolivia es un país de contrastes. A pesar de ser famosa por tener ciudades a altitudes de varios miles de metros sobre el nivel del mar, donde habitan los “coyas” o indígenas del altiplano, la mayor parte de su territorio discurre a alturas bastante menores y zonas selváticas, en la región de los “cambas”, esencialmente guaraníes, la más rica del país, en la que la región de Santa Cruz y su capital, Santa Cruz de la Sierra, se ha constituido en un centro neurálgico de negocios en la parte más septentrional de Sudamérica, debido a su situación estratégica. Es un país de contrastes y dualidades, porque, además de selva y altitud, coexisten dos capitales en el Estado: Sucre, capital del país y centro de los tribunales de justicia, donde ni tan siquiera hay agua potable, y La Paz, sede del gobierno. Fue el primer lugar en el que se levantaron contra el Imperio español y sin embargo, el último en conseguir su independencia. Y además de perder su salida al mar hace más de cien años, en la guerra que Chile declaró a Bolivia y a Perú, también su presidente Melgarejo cambió parte de su territorio, lo que hoy es el Mato Groso brasileño, por un caballo blanco. Bolivia es un país de grandes riquezas naturales, de parajes de una belleza inimaginable, como el blanco desierto de Uyuni, el Lago Titicaca, o la Chiquitanía, en la que las reducciones que hicieron los jesuitas para proteger a los indios guaraníes de los conquistadores, han sido declaradas patrimonio de la humanidad, y donde en el mes de mayo cada dos años, se celebra un certamen de música de las reducciones, al que acuden músicos de todo el mundo a interpretar las partituras con las que los jesuitas enseñaban música a los guaraníes, cuya gran aptitud para la música ha hecho que se conserven siglos después de la expulsión de esta orden religiosa de aquella zona. Bolivia es un país marcadamente feudal, en el que la descolonización parece que aún no ha tenido lugar. Los Presidentes siempre han sido blancos, algunos incluso como el reciente Gonzalo Sánchez de Lozada, que ni tan siquiera dominaba el español.
Presidentes sin más ideología que el populismo, y a las órdenes de los intereses de las grandes fortunas y empresas que se han instalado en el país a lo largo de la historia. La historia de este país es la historia de expolios sucesivos, de guerras y matanzas, de avaricia y esclavitud. Ahora llegan al poder los indígenas, de la mano de Evo Morales. Sindicalista, dirigente cocalero, ante el que los estados occidentales, muy interesados en las entrañas y subsuelo de este país, miran con recelo. Ya durante las intensas movilizaciones del año pasado, que derrocaron al Presidente Carlos Mesa, se le atacó casi de terrorista, cuando curiosamente tan sólo falleció una persona en todo el proceso, y éste fue un indígena y a manos del ejército. No obstante, el peligro de un nuevo populismo a la izquierda existe. La forma en la que asimile la victoria es difícil de prever, y las tentaciones en un país de tamaña pobreza en sus habitantes, constituyen una incógnita, con perspectivas poco alentadoras si se miran en el espejo del vecino brasileño. El populismo está muy arraigado en la política boliviana, y la izquierda no ha sido ajena a ello, en su utilización de mitos como el de la muerte del Ché Guevara en este país. Pero los indígenas merecen un voto de confianza. Han llegado al poder mediante unas elecciones democráticas y por métodos pacíficos. Tampoco la violencia forma parte de su cultura, a diferencia de las minorías dirigentes tradicionales del país. Ojalá que éste sea el inicio de una nueva era en este desdichado país.
El cambio no va a ser fácil, y las dádivas con las que corromper a los nuevos gobernantes, fáciles de conseguir. La táctica de aislar gobiernos poco amigables para los países occidentales ha fracasado ya en muchos lugares. Espero que se les tienda la mano a los bolivianos y a sus nuevos gobernantes, en especial por parte de España, en deuda con esta zona del mundo, para la que es referencia siempre. Porque la historia no debe volverles la espalda, una vez más.
Manuel Machuca González. Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla











