Esperanza tiene cincuenta y dos años. Hace casi cuarenta, con trece, que conoció a Adolfo, el que aún hoy, y lo que queda, es su marido.
-Mejorándolo a usted, es muy buen marido. Es un señor. Lo quiero, y nunca lo dejaré. A pesar de sus cosillas. Entre sus cosillas, Adolfo ha maltratado durante años y años a Esperanza.
Desde antes de casarse. Y más aún, desde que tuvo un accidente laboral, a la edad de treinta años, cuando apagaba los dolores de su cuerpo en el bar de abajo, empapado en alcohol, esa sustancia que arma de valor a cobardes, y saca lo peor de muchas entrañas cuando dejamos que nos tome bajo su control. -De novios me obligaba a subir a casa de nuevo si bajaba maquillada. No quería que me pintara. Siempre fue un hombre muy celoso.
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Fuente: Cuadernos para el diálogo.![]()
Número 27. Febrero de 2008











